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Jorge Eduardo Arellano

A más de 157 años de su fundación, 1713, la Real Academia Española se propuso crear filiales en Hispanoamérica; así, decidió elegir miembros correspondientes. Este hecho obedeció a la iniciativa de don Emilio Castelar, el célebre tribuno, escritor y político liberal que había concebido una confederación de organismos dedicados al fomento y defensa del idioma español ante la invasión del espíritu anglosajón.
 
Un mexicano de nacimiento, Fermín de la Fuente y Azpechea, redactó el informe de la comisión organizada para tal fin, la cual comenzó a reunirse el 24 de noviembre de 1870. En uno de sus considerandos significativos, dicho informe consignaba que los ciudadanos de las diversas naciones hispanoamericanas “tienen por patria común una misma lengua, y por universal patrimonio nuestra hermosa y rica literatura, interesando a todos su conservación y nacimiento”.
 
Pablo Buitrago y Enrique Guzmán: 
primeros nicas nombrados académicos correspondientes
 
De esta manera, surgieron las primeras academias correspondientes: la colombiana (10 de mayo de 1871), la ecuatoriana (15 de octubre de 1874), la mexicana (11 de septiembre de 1875) y la salvadoreña (19 de octubre de 1876). Eminentes pedagogos, médicos, juriconsultos y poetas fueron sus miembros fundadores, presididos por un prócer civilizador y exjefe del Estado de Nicaragua: Pablo Buitrago (León, 1820-San Salvador, 1881). La Real Academia Española tenía entonces de director a don Juan de la Pezuela y de secretario perpetuo a don Manuel Tamayo y Baus.
 
De acuerdo con las actas de la RAE, entre 1882 y 1891, además de dos presidentes de la república —Marco Aurelio Soto de Honduras y Rafael Zaldívar de El Salvador, elegidos miembros honorarios—, fueron acreditados como correspondientes en la América Central 35 personalidades literarias: dieciocho guatemaltecos, ocho costarricenses, siete salvadoreños, un nicaragüense y un hondureño. La elección de esos “varones esclarecidos” —cito la expresión decimonónica— se realizó en reglamentaria votación secreta, excepto trece de los radicados en Guatemala “por lo extraordinario del caso”, es decir, la fundación de la Academia de ese país, el 30 de junio de 1887.
 
De todos ellos, solo dos individuos no tuvieron unanimidad en los votos: el historiador guatemalteco Agustín Gómez Carrillo, elegido por diecisiete votos positivos contra dos negativos; y el escritor nicaragüense Enrique Guzmán (Granada, 1843-idem, 1911), elegido por diecisiete votos positivos contra uno negativo. 
 
Esta fue la comunicación oficial que recibió Guzmán: “A propuesta del Excmo. Sr. D. Manuel Cañete, del Excmo. Sr. D. Gaspar Núñez de Arce y del que suscribe, la Real Academia Española nombró a V[uestra] S[eñoría] en Junta celebrada anoche, mediante votación secreta, individuo de esta Corporación en la clase de correspondiente extranjero, dando así testimonio de apreciar justamente los conocimientos de V[uestra] S[eñoría] en lingüística y letras humanas. / Tengo la honra y dicha comunicarle a V[uestra] S[eñoría] para su satisfacción, remitiéndole al propio tiempo el diploma del expresado cargo. / Dios guarde a V[uestra] S[eñoría] muchos años. / Madrid, 20 de noviembre de 1891. / El Secretario / Manuel Tamayo y Baus”.
 
Posteriormente, en 1923, el político, orador y jurista Carlos Cuadra Pasos (1879-1964), a su regreso de Santiago de Chile —donde había representado a Nicaragua en la Conferencia Panamericana—, tuvo la iniciativa de establecer la academia en Nicaragua. En vez de aceptar únicamente para sí el nombramiento de académico correspondiente ofrecido por el secretario de la RAE, Emilio Cotarejo y Mori —a sugerencia de españoles residentes en Santiago de Chile—, Cuadra Pasos propuso a este fundar nuestra corporación. Cinco años después se creaba por Decreto ejecutivo del 8 de agosto de 1928. Cuadra Pasos era entonces el canciller del tercer gobierno de Adolfo Díaz, a punto de concluir el 31 de diciembre del mismo año.
 
El decreto creador
 
Décima sexta surgida en el continente americano (en el área centroamericana la precedían no solo la salvadoreña y la guatemalteca, ya citadas, sino la costarricense en 1923 y la panameña en 1925), la nicaragüense se estableció —según su decreto fundacional, publicado en La Gaceta, n.o 179 del 14 de agosto de 1928— “como correspondiente de la Real Española y Cuerpo Consultivo del Gobierno para todo lo relativo al fomento de la literatura y a la conservación y perfeccionamiento de la lengua nacional, que es la castellana o española” (art. 1). La Academia debía tener a su cargo “la formación de un Diccionario de provincialismos de las diversas regiones de Nicaragua” y, cada dos años, convocar uno o varios concursos, financiados con recursos estatales (art. 2). Su presupuesto se incluía en el del Ministerio de Relaciones Exteriores (art. 3) y tendría los siguientes “emolumentos mensuales”: para un secretario perpetuo: 100 córdobas; para un escribiente: 30 córdobas; para un portero: 15 y para gastos: 65” (art. 4). Se concedía a la nueva institución “el derecho de vigilar la administración interna de la Biblioteca Nacional” (art. 5) y su sede provisional sería la misma de la Biblioteca Nacional, “separando las habitaciones necesarias con el fin indicado” (art. 6).
 
Junta de instalación
 
Al día siguiente del decreto creador, 9 de agosto de 1928, se instalaba la Academia, en el salón de Honor del Ministerio de Relaciones Exteriores a las cuatro de la tarde, según se lee en el acta correspondiente. Siete eran sus miembros fundadores, “elegidos por la Real Academia Española, en junta de treinta y uno de mayo del año en curso, según despacho que cada uno ha recibido de su secretario”. En ese día, reunidos en el estudio del académico doctor Francisco Paniagua Prado, se eligió la primera Junta Directiva, con la misma planta de la RAE: un director (Carlos Cuadra Pasos), un secretario perpetuo (Paniagua Prado), un censor (Manuel Maldonado), un tesorero (el arzobispo José Antonio Lezcano y Ortega) y un bibliotecario (Pedro Joaquín Chamorro Zelaya). También se asignaron las sillas de los académicos por las letras del abecedario, después de resolverse que la “A” correspondía a monseñor Lezcano y Ortega “por su jerarquía episcopal”, obteniéndose el siguiente resultado: la “B” al doctor Paniagua Prado, la “C” al doctor Manuel Maldonado, la “D” al doctor Alfonso Ayón, la “E” al doctor Pedro Chamorro Zelaya, la “F” al doctor Cuadra Pasos y la “G” al doctor Luis H. Debayle (Maldonado y Debayle eran doctores en Medicina, Lezcano y Ortega doctor en Derecho Canónico y los restantes doctores en Derecho Civil).
 
El ministro de Relaciones Exteriores por la Ley, don César Pasos Costigliolo, pronunció el discurso oficial en el acto de inauguración: Siete pensadores de nuestra tierra, escogidos sin más distinción que la que pueda darle sus inteligencias y la ilustración adquirida por el estudio, han sido designados por la Real Academia como miembros correspondientes de ella misma para que formen el núcleo primitivo de la corporación en Nicaragua —señaló. Por su parte, Lezcano y Ortega (1865-1952) habló en nombre de los académicos: Me enamora mi lengua española, me ufano de ella, me precio de ella, y ahora me afanaré por ella, queriendo contribuir, siquiera sea en parte mínima, en el ejercicio del cargo con que se me ha honrado, a su limpieza, esplendor y perfección en nuestra amada patria.
 
Paniagua Prado y Debayle integraron la comisión redactora de los Estatutos, aprobados el 20 de noviembre de 1928. Luego, la Academia obtuvo su personalidad jurídica el 22 de enero de 1929, conforme al decreto legislativo publicado en La Gaceta n.o 2 del 3 de enero de 1930. 
 
La bipolaridad política guió la conformación de seis de los miembros fundadores: tres pertenecientes al partido conservador y tres al liberal. En cuanto al séptimo, se escogió “por su elevado carácter de prelado, que lo coloca por encima de toda división, al Excmo. Señor Arzobispo de Managua don José Antonio Lezcano y Ortega, que se destaca además en las letras patrias por la serenidad de su estilo y la pureza de su dicción”. Los conservadores fueron Cuadra Pasos, el filólogo leonés Alfonso Ayón (1858-1944) y el también historiador y periodista Pedro Joaquín Chamorro Zelaya (1891-1952), y los liberales: el tribuno y poeta de Masaya Manuel Maldonado (1864-1945) y los también leoneses Luis H. Debayle (1865-1938), ensayista, orador y científico, y Francisco Paniagua Prado (1861-1932), jurisconsulto y prosador modernista. Lezcano y Ortega era granadino de nacimiento, como Cuadra Pasos y Chamorro Zelaya.
 
 
El primer académico incorporado
 
Después de los fundadores, el primer académico de número incorporado fue el diplomático, historiador e ingeniero José Andrés Urtecho (1875-1938). La sesión tuvo lugar el 7 de junio de 1929 en el Club Internacional de Managua y contestó al recipiendario el doctor Debayle. En su discurso, Debayle planteó que Urtecho confirmaba su tesis sostenida hace tiempo: que el amor a las letras no es incompatible, de manera alguna, con los estudios científicos; “que el arte no está reñido con las matemáticas y que, si la mediocridad no alcanza la generalización y la universalidad, esta es —en cambio— patrimonio de las mentalidades superiores”.
 
Tras Urtecho, ingresaron a la Academia —durante la primera mitad del siglo XX— las siguientes personalidades: el presbítero y poeta Azarías H. Pallais (1884-1954) el 20 de diciembre de 1929; el doctor y literato Santiago Argüello (1871-1940) el 29 de enero de 1931; el educador don Pablo Hurtado (1853-1936) el 19 de julio de 1933; el ensayista don Pedro J. Cuadra Chamorro (1887-1955) el 19 de junio de 1934; el general y escritor José María Moncada (1871-1945) el 5 de septiembre de 1940; el doctor e historiador Emilio Álvarez Lejarza (1884-1969) el 23 de diciembre de 1941; don Rodrigo Sánchez (1894-1963) el 20 de enero de 1942; el doctor Santos Flores López (1878-195?) el 14 de octubre de 1942; el doctor Salvador Castrillo Gámez (1875-1850) el 8 de noviembre de 1942; el poeta y escritor don Pablo Antonio Cuadra (1912-2002) el 26 de julio de 1945; el doctor e historiador Andrés Vega Bolaños (1892-1986) el 18 de agosto de 1948; el doctor José H. Montalván (1904-1964) el 20 de octubre de 1948; y el educador y ensayista don Carlos A. Bravo (1882-1975) el 13 de marzo de 1949.
 

Fundadores de la Academia Nicaragüense de la Lengua (1928). De pie: Pedro Joaquín Chamorro Zelaya, Francisco Paniagua Prado (secretario) y Manuel Maldonado; al fondo, a la derecha, Alfonso Ayón. Sentados: Carlos Cuadra Pasos (director), José Antonio Lezcano (tesorero) y Luis H. Debayle.

Ing. José Andrés Urtecho, primer miembro de número incorporado a la Academia.

 

 

 

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