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PALABRAS DEL DIRECTOR

Francisco Arellano Oviedo

Doña Ana Ilce Gómez Ortega, q.e.p.d., ingresó a la Academia Nicaragüense de la Lengua, en sesión extraordinaria, solemne y pública el 12 de julio de 2006. A raíz de su elección acordada por decisión unánime de los señores académicos de número, ella nos había advertido: «No esperen de mí hermosos discursos porque no sé hacerlos»; y por eso, aquella noche solo leyó poemas de su autoría, que nos llenaron de mucho gozo, marcando la inmensa alegría que todos los asistentes disfrutamos. Nadie pensó, que 11 años más tarde, un 1.o de noviembre nos llenaría de luto, de gran tristeza, porque ya nos habíamos acostumbrado a tenerla entre nosotros, a gozar de su paz interior, de su alta moral revestida de indecible humidad, que nunca dio lugar a la envidia ni a la discordia ni a la ambición de ocupar cargos ni considerarse la mejor. Ella bien pudo proclamar que su poesía era la mejor escrita por mujer en la historia del país y de la región, y como no lo hizo ni lo dijo hoy lo proclamamos en voz alta y recordamos las palabras de nuestro exdirector don Pablo Antonio Cuadra: «Ana Ilce no hace poesía. Se hace poesía».

En la Academia ocupó la silla «K» que antes les correspondió a don José Jirón Terán y, antes de este, a don José Sansón Terán y, antes de este, a don Ramón Romero y anteriormente al general José María Moncada, 1940, cuando era expresidente de la República y, antes de él, a don Pablo Hurtado, quien fue el primer académico usuario de esta letra. Desde ahora, colegas académicos que me acompañan, aquí frente al féretro que contiene los restos morales de nuestra colega y hermana Ana Ilce Gómez Ortega, mociono y dejo la discusión para la próxima sesión ordinaria, que la silla «K»sea consagrada a la memoria de la académica de número, doña Ana Ilce Gómez Ortega, por sus méritos literarios y calidad humana. 

Quiero agradecer, en nombre de nuestra Casa, el apoyo decidido, pronto y constante que brindó el Gobierno de Nicaragua, a través de su vicepresidenta doña Rosario Murillo, para que doña Ana Ilce fuese atendida esmeradamente en Nicaragua y Costa Rica; en este país, en el hospital CIMA y en Nicaragua en el hospital Carlos Roberto Huembes, donde su director, doctor y general Julio Paladino cuando la recibió le dijo: «La trataré como a una reina», y así lo hizo.

Gracias a su familia, especialmente a sus hijos Marco Antonio y Valeria, por permitir que Ana Ilce también fuera parte de nosotros, porque la sentimos también de nuestra familia, y gracias a todos ustedes amigos de Ana Ilce y de nosotros por estar juntos en estos momentos de profundo dolor porque ella se ido y de alegría porque ha vuelto a Padre, de dónde vino.

Iglesia San Sebastián

Masaya, 2 de noviembre de 2017

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