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Carlos Tünnermann Bernheim

Ana Ilce Gómez es autora de solo dos libros de poemas: Las ceremonias del silencio, publicado en 1975, cuando la poeta tenía 31 años de edad. Luego, transcurrieron casi tres décadas para que nos diera a conocer su segundo poemario: Poemas de lo humano cotidiano (2004).

Pero bastaron estos dos poemarios para consagrarla como una de las voces más valoradas de la literatura nicaragüense. No solo es una mujer nacida en 1944 en su querido barrio de Monimbó, en Masaya, sino que su poesía está considerada como una de las más extraordinarias escritas por mujeres y su contribución a la lírica nicaragüense es juzgada de altísima calidad, capaz de competir con lo mejor de la poesía escrita por poetas varones. Beltrán Morales, de conocido juicio crítico severo, nos dice que: «Ana Ilce Gómez alcanza verdadera igualdad en la jerarquía de los sexos». Su poesía es «ulcerada por la pasión de la palabra».

En el prólogo del libro Sobre la grama de Gioconda Belli, José Coronel Urtecho juzga la poesía de Gioconda con la de Ana Ilce y nos dice: «En mi opinión, Ana Ilce, figura ajena a grupos y anáculos literarios, ha publicado poco, pero su obra, breve, es una de las voces más altas de la poesía escrita por mujeres»y «Ana Ilce, la intensa y contenida morena, se diría que extrae, con excruciante necesidad, de la médula de sus huesos, la deliciosa concreción poética de su más íntima experiencia femenina».

Cuando Pablo Antonio Cuadra escribió una breve presentación de Ceremonias del silencio, aseguró que «Ana Ilce no hace poesía. Se hace poesía». Aquella galantería de Bécquer: «poesía eres tú»resulta en Ana Ilce una afirmación no gentil sino estilística. Ana es su forma. Ella misma se pregunta: «¿quién es esa mujer que pasa? Y quien pasa es el poema».

De raíz aborigen y solitaria, Ana Ilce ha construido su mundo poético extrayéndolo dolorosamente de su propia humanidad. Por eso, su poesía es profunda, reflexiva, intimista, sin despreciar ni desconocer la realidad que le rodea, e intensamente dramática. «Su modestia y su sencillez, escribe Erick Aguirre, hacen brotar una poesía pura, desnuda en su humanidad», como en el poema «Calle de verano»:

«La calle seca arañando los tejados.
Dos niños que brincan en medio del remolino de polvo anaranjado.
Una sombra como de anciana que pasa
dejando un viento de tristeza».

Managua, octubre de 2017.

 

POEMAS DE ANA ILCE GÓMEZ

Yo he militado

Yo he militado no sin gloria
en las lides del amor
y mi obra no podrán destruirla
ni las lluvias persistentes
ni la perenne marcha del tiempo.
Porque mi arte no fue inútil
ni siguiera contigo,
contigo que jurabas no conocerme
pero que un día llenaste
la ciudad entera con mi nombre.

Destino

He de hacer en este mundo lo que está
destinado para mí:
cantar
abrazar a mis hijos
pulir alguna piedra para hacerla
valedera
borrar si quiero lo que está destinado
para mí.

El poema es

El poema es una puerta por donde se
cuelan
adioses aguaceros testamentos
de amor rencores tiernos.
 
El poema puede ser un abismo
Un racimo de espadas
Una medusa amenazante en el fondo
De su mar.
 
Solo hay que saber cuándo adueñarse
de esa luz
O quedar ciegos para siempre.

Esa mujer que pasa

¿Quién es esta mujer que pasa,
esta sombra,
esta noche?

¿Quién conoce su nombre?
¿Quién la nombra
del otro lado de la nada
para nada?

¿Quién es esta mujer que pasa
y no deja nada de sí?

Solo su paso rueda en la noche.
Solo su voz.

He conocido

He conocido el cansancio sin límites,
el amor sin límites,
los extremos de la soledad y del delirio,
pero también he conocido, ¡ay!
el horror de la palabra que no cesa
y que no me deja vivir
ni morir.

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